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viernes, 20 de mayo de 2011

19 de Mayo de 2011: La resaca

Toros de: El Puerto de San Lorenzo. Sobreros de Carmen Camacho y Salvador Domecq, corridos en 2º y 3º lugar por devolución de los titulares.
Terna:
  • Manuel Jesús El Cid. Silencio y oreja.
  • Miguel Ángel Perera: Aplausos y silencio.
  • Daniel Luque: Silencio y silencio.
Preside la corrida D. Trinidad López Pastor.

Ni los toros ni los toreros supieron sacar ayer del sopor a los tendidos, y claro cuando el aburrimiento aflora en el ánimo de los espectadores, cualquier tema de conversación es bueno para levantar la tarde, y el público, a falta de interés en el ruedo, daba los últimos coletazos a la corrida del día anterior. Eso es muy negativo, ya que dice muy poco en favor del espectáculo que se estaba celebrando en ese momento. Por un lado, el ganado de El Puerto de San Lorenzo, inválido, descastado y justo de presentación, por otro los toreros colaboraron en gran medida al aburrimiento de la tarde y al decaimiento, un poquito más de lo que está, de la fiesta. La autoridad instalada en el palco, incluido el asesor taurino D. José Cabezas Porras, Joselito Calderón para los amigos, tuvo en sus manos la devolución de casi toda la corrida por inválida y permitieron que se mantuvieran en el ruedo a varios de los toros de esta podrida ganadería, llena de mansedumbre y descastada. Los aficionados también tuvieron la culpa por asistir a este espectáculo bochornoso y lamentable, porque aunque intentaron devolver a la fiesta la integridad con sus protestas, dio la impresión de estar reclamando en el desierto, ya que nadie se dio por enterado.

El Cid, después de pegar el petardo en su actuación anterior en la feria, quiso enmendar la plana y esperó a su segundo enemigo, un inválido que se mantuvo en pie gracias a que el torero no lo sometió por bajo en ningún momento, pero que demostró tener una clase y una bondad impropia de un toro de lidia. Le recetó una serie de naturales al hilo del pitón y con el pico por delante, eso sí, con una buena dosis de enfermero para que el toro no rodase por la arena, que le valió la oreja como premio. Después de lo visto las tardes anteriores nadie se sorprendió. Al fin y al cabo, todo es acostumbrarse.

Miguel Ángel Perera está desconocido. Su primer enemigo, una cabra con cuernos, le puso en aprietos durante la faena de muleta al colársele al comienzo de ésta y con ello comenzó su calvario. No encontró el sitio adecuado para la lidia de su enemigo, si es que la tenía, porque según dicen los que saben de esto, todos los toros tienen su lidia. Lo que sí encontró fueron los pitones y el burel se lo echó a los lomos, destrozándole la taleguilla. Con este hecho levantó el espíritu conciliador del público y después de matar de un sartenazo infame, le premió con un cerrado aplauso.

Daniel Luque tuvo que matar en tercer lugar un sobrero feo de hechuras de Salvador Domecq, inválido como los anteriores y sin gota de casta en las venas. En Las Ventas están de saldo. Comenzó dudándole en la cara y continuó con una desconfianza impropia de un torero joven, que aunque está dentro del circuito de las figuras y toreando en las plazas señeras del territorio nacional, aún no ha demostrado ante el sanedrín de esta plaza nada que le convalide como tal. Con su toreo vulgar solo consiguió aburrir al respetable. En su segundo, y ante un enemigo sin casta y con las fuerzas justas para no derrumbarse en el ruedo, no pudo bajarle la mano y toreó con las ventajas propias del toreo moderno, regalando pases en grandes cantidades y con ello lo único que consiguió fue que los sufridos espectadores le pidieran la hora, ya no podían aguantar más este martirio.

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