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domingo, 1 de junio de 2008

San Isidro 2008 24ª: Para Septiembre

31 de mayo de 2008.

Toros de: Victorino Martín. Encaste: Albaserrada
Terna:
  • Antonio Ferrera: Pinchazo y media delantera. Silencio. Pinchazo atravesado y tres descabellos. Silencio.
  • López Chaves: Estocada baja y tendida. Silencio. Metisaca, media tendida y tres descabellos. Silencio.
  • El Cid: Media estocada arriba y delantera. Aviso y un descabello. Saludos desde el tercio. Pinchazo arriba, aviso, estocada trasera y tendida. Oreja.

Preside la corrida: D. Manuel Muñoz Infante.


El Cid ha suspendido en Junio y tendrá que volver en septiembre a los exámenes de la suerte de las tres cruces. Con la cruz, por la cruz y hasta la cruz. Esa es la trilogía que debe cumplirse cuando un matador se tira a matar sobre el morrillo de su enemigo y conseguir con una estocada arriba y en hoyo de las agujas los premios que el público tenga a bien concederle en connivencia con el Presidente del festejo.
Hasta la fecha han cambiado mucho las cosas. No hace mucho tiempo se concedían orejas por una buena estocada, y se perdían cuando ésta caía en un mal sitio. Hoy no es necesario matar bien para que el coleta se lleve el triunfo, solo hace falta hacer una faena de muleta de muchos pases sin medir la calidad de estos y meter el estoque donde sea, aunque se mate de una estocada trapera. Gran parte del público lo único que quiere es que el torero se lleve los trofeos, sea como sea.
Visto como están las cosas, parece imposible que El Cid haya perdido en su carrera varias Puertas Grandes por culpa del estoque. Los aficionados, por un lado, hemos sentido que no se haya producido este hecho, pero por otro nos hemos congratulado, ya que por lo menos hay una plaza que trata de mantener el nivel de exigencia que debe cumplir el triunfo de un torero, aunque el reparto de esta exigencia no haya sido equitativo a veces ha podido más el nombre del torero que los méritos obtenidos. Pero el público es soberano y allá él con sus decisiones.

El ganado de Victorino Martín volvió a dar una de arena, y si no llega a ser por el sexto, que levantó algo la tarde, el resultado hasta ese momento era de fracaso, ya que a este ganadero hay que exigirle más que a otros, por muchos motivos, el más importante es que cobra más que ninguno.
Como decía, El Cid tuvo el triunfo en sus manos en el sexto, un toro que vendió cara su lidia y que el torero estuvo muy valiente pero realizó una faena de altibajos. Desde luego que no fue El Cid de otras tardes, pero tampoco el toro lo era, y creo que es el único torero que hoy puede con un enemigo de esas características. Se le vio algo desconfiado. El burel, desde luego, tenía mucho peligro por el pitón izquierdo, pero el torero no se la jugó como nos tenía acostumbrados, ya que hay un dicho que dice: el mérito está cuando al toro se le hace pasar por donde no quiere, y si punteaba en los remates era porque el torero no los remataba.

Los compañeros de terna estuvieron a la altura de lo que se esperaba de ellos. Antonio Ferrera se encontró con un primero que blandeó y, al estar su toreo basado fundamentalmente en el tercio de banderillas, las condiciones del animal restó emoción a su actuación, y con la muleta el toro se dejó torear pero el torero se limitó a dar pases, que es lo al parecer sabe hacer. Su segundo, un toro con unas perchas desarrolladas, se dejó pegar en el caballo pero demostró sus condiciones de manso al salir suelto las dos veces que entró al picador. Con las banderillas tampoco estuvo afortunado, sólo se lució en el par al quiebro, donde midió mejor las distancias y por supuesto su valor.

Al primero de López Chaves le salvaba la cabeza, y cuando llegó a la muleta el torero tuvo que hacer de enfermero, faltando la emoción y el peligro que suelen trasmitir estos toros para que el público sepa valorar la labor del torero. Su segundo, el de más trapío de la corrida, cuando se entregó con el capote mostró la misma blandura que habían demostrado sus hermanos de camada. Con el caballo no se empleó y al picador le tuvo que exigir el público que se cruzara y le diera los pechos del caballo, y con ello provocar la arrancada del toro, sino, aún estamos allí esperando. ¡Qué manera de picar tienen estos del castoreño! Con la muleta ocurrieron dos cosas, el toro siguió blandeando y se quedaba corto en las embestidas y el torero no se puso en su sitio y los pies le pedían marcha, él se la dio y anduvieron bailando durante toda la faena, la cual adoleció de quietud y de mando.

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